siete: HIDROTORIO SANGUÍNEO
Sócrates: …Pero, por los dioses, Hipias, te alaban y les gusta oír lo que tú expones.
¿Qué es ello? ¿Es, sin duda, lo que tan bellamente sabes,
lo referente a los astros y a los fenómenos celestes?
Hipias: De ningún modo, eso no lo soportan.
Sócrates: ¿Les gusta oírte hablar de geometría?
Hipias: De ningún modo, puesto que, por así decirlo, muchos de ellos ni siquiera conocen los números.
Sócrates: Luego están muy lejos de seguir una disertación tuya sobre cálculo.
Hipias: Muy lejos, sin duda, por Zeus.
Sócrates: ¿Les hablas, por cierto, de lo que tú sabes distinguir con mayor precisión que nadie,
del valor de las letras, de las sílabas, de los ritmos y las armonías?
Hipias: ¿De qué armonías y letras, amigo?
Sócrates: ¿Qué es, ciertamente, lo que ellos te escuchan con satisfacción y por lo que te alaban?
Dímelo tú mismo, ya que yo no consigo dar con ello.
Hipias: Escuchan con gusto lo referente a los linajes, los de los héroes y los de los hombres, Sócrates,
y en lo referente a las fundaciones de ciudades, cómo se construyeron antiguamente y, en suma,
todos los relatos de cosas antiguas, hasta el punto de que yo mismo
he tenido que estudiar y practicar a fondo todos estos temas.
Cuando Guayaquil quedó cubierta por sus aguas, sus canales, ramales, lagos y lagunas fueron rebautizadas con los nombres de las mujeres que sustentaron con la corriente de sus voces y su sangre, los ríos de la vida para que otras y otros puedan imaginar y recorrer sus propias rutas para navegar a puertos, archipiélagos e islas plagadas de peces de colores y otras lubricaciones lúdicas.
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