TRES: LAS MANOS CRISPADAS

Las manos se le cerraban, pero no como puños, sino como botones en flor o quizá como clavel marchitándose. Según la mirada las cosas se están cerrando o abriendo. Las descubría así recogidas sobre el pecho al despertar, gruesos anillos adornaban cada beso de sus falanges. Uno a uno movía los dedos, despertándolos, consolándolos de su dolor. Solía usar sus manos para acariciar, para cargar bolsas de supermercado, para sostener su peso, para sostener la pluma, para picar alimentos, para sacarse los mocos de la nariz, para limpiarse y bañarse, para vestirse, para teclear en la computadora, para saludar, para moverlas porque así lo exigía la frase que estaba diciendo, haciendo, bailando. A veces colocaba una sobre el esternón, era el gesto de su conmoción. En esos casos la mano escuchaba a la respiración, al latido, al suspiro contenido.

Cuando escribía, para tomar la pluma, hacía como un nido con la palma, dejaba la punta rodar entre el índice y el medio, el extremo superior de la esferográfica se asentaba sobre el metacarpo y la falange proximal, o sea en esa esquina interior de la mano, que se forma cuando pliegas los dedos sobre la palma, pliegues sobre los que algunos bromistas dibujan ojos y pintan labios y luego moviendo de arriba abajo el doblado pulgar, hacen hablar a su puño. Ajustando el pulgar terminaba de armar el trípode que sostenía la pluma. Solía escribir a mano, un acto anacrónico que por más que la tecnología avanzara no se lograba extirpar de las costumbres de los pueblos. Le gustaba el ondular de su muñeca cuando hacía esta acción. En su alfabeto la redondez es una constante, quizá de ahí le venga el bamboleo que también descubre en sus caderas. Uno de sus tesoros es un lápiz cuya punta es de varios colores, amarillo, azul, verde y rojo. De cómo coloque la punta se pintará la hoja, para ello hace cómplices a su ojo y a su mano que debe precisar la postura exacta de la punta para lograr el color que le apetece. A veces deja rodar libremente la punta del lápiz para componer una línea que va variando de tonos. Una línea como ella, cambiante, como sus manos. Solo que desde hace un tiempo solo pinta colores turbios, las flores se están volviendo puños.

Una mañana despertó y buscó a un cirujano que accediera a cortárselas. Le habló sobre Marcenda, la muchacha de una novela cuya mano dormía y parecía una paloma. Buscó también a un artesano que construyera una suerte de tornillo para que las vuelva manos de quita y pon. Le habló del músico pianista de otra novela en la que el atormentado artista lleva sus manos para que las refugien de los que piden la música de los alborotados, pero el can cerbero de la torre creyéndolas palomas se las come dejando tan solo un charco de sangre y polvo.

Cortándolas, de esa manera las libraría de los dolores que su mente fabricaba cuando las pesadillas se apoderaban de sus noches. Las manos serían así autónomas. Solo que un hilo secreto e invisible las mantenía unidas al cuerpo del que habían brotado ¿o sería que se fabricaron un cuerpo que brotaba de ellas? El cuerpo por su parte empezó a soñar hojas sin nervaduras, pieles sin electricidad, tierra sin grumos, músicas sin gracia. Las manos poco a poco iban alargando el hilo, atreviéndose por tierras más lejanas y recuperando su lozanía. Eran capaces de sobrevivir con la escasa sangre que iba y volvía entre sus falanges, se alimentaban de dibujos, de texturas, de letras, de colores y sobre todo bebían del jugo de un par de castañuelas. Es que la memoria que tenían en la yema de los dedos se activó, recordaron viejos saberes de la infancia, de la academia de barrio donde una señora les enseñó a repiquetear esas panzas de hormigas gordas y negras que sonaban claras y antiguas, como piedras de río. Casi cantaban. Las manos recordaron sus propias ideas dormidas hace rato y fueron capaces de asir con fuerza la piel del amado, de estrujar su pelo. Bajo las uñas crecieron los deseos reprimidos. Los dedos dibujaban arabescos y ochos con aires flamencos, curvándose hacia dentro y hacia fuera, el viejo gesto de agarrar y de guardar. Los brazos extrañados y extrañantes sentían impulsos eléctricos inentendibles, repentinos. El corazón se agitaba anotando ideas y más ideas sobre el arte de palpitar y henchir el pecho. Cuadernos con líneas torcidas, ideas sin concretar, artesanías burdas y otras formas y cuerpos fueron poblando su mundo. Caretas pintorescas y estriadas, marcadas de arrugas empezaron a colgar de su cielo.

Eran manos que se redescubrían hábiles, con nuevas destrezas transmitidas desde los músculos de alguna ancestra y esos pensamientos-memorias los volvía imagen concreta. Sus letras se volvieron jeroglíficos encriptados. Solo los ojos del cuerpo del que alguna vez pendieron eran capaces de descifrarlos. Estas artesanas, diestra y siniestra, fueron reinjertadas en el cuerpo de la durmiente que desde ese reencuentro lento y giratorio (el carpintero poco a poco y con delicadeza fue introduciendo los tornillos en los muñones) baila como reconociendo el espacio, como escribiendo con el coxis y la punta del codo, como leyendo con la lengua, como tocando con la mirada, caminando con las manos, deletreando con los pies, escuchando desde la sínfisis púbica, soltando los esfínteres para todo tipo de suspiros, lagrimeos y fluidos.